sábado, 22 de marzo de 2008

Terminal


Desde que los aviones sobrevolaban sus pensamientos, la existencia le había cambiado totalmente. Habitar aquel pisito cercano al aeropuerto se había convertido en vivir bajo el yugo del molesto sonido de los vuelos nacionales e internacionales, por no hablar del tedioso puente aéreo. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.

Había amoldado su sueño a las circunstancias, repartiéndolo a lo largo del día en las breves franjas horarias en las que, previa observación, había confirmado que el tráfico aéreo era más reducido. Y así deambulaba, medio dormido, medio despierto, como una peonza sobre un suelo al que llegaban las vibraciones de la pista de aterrizaje. Pero él no se quejaba: era el modo de vida que había escogido.

Y más que un modo de vida, podía haber pasado a los ojos de cualquiera como una cárcel en que la línea de la libertad estaba marcada por un silencio de nunca más de diez minutos. Pero él no se quejaba, no: prefería pasarse el día sentado, imaginando, recreando, inventando despedidas ajenas. Tratando de olvidar que ya no tenía de quién despedirse.

1 comentario:

RGAlmazán dijo...

Precioso relato Curro. Estaría bien que de vez en cuando nos delaitaras con literatura pura y dura.

Besos, Salud y República