jueves, 12 de abril de 2007

"¿...Usted me ha pedido la vez...?"

Frente al tono crispado, frente al más de lo mismo en la ruleta mediática de la precampaña y el debate (sic) político, frente al disfraz de solemnidad con que muchos y muchas mal disfrazan su mediocridad o su ambición, la gente de Izquierda Unida de Rivas queremos afrontar lo que queda hasta el 27 de mayo con seriedad y rigor en la propuesta, pero con un tono desenfadado, distendido. Pongo ese 'pero' en cursiva porque parece que son cosas contradictorias, así está la cosa de 'encrispá'.

Siempre he defendido la frivolidad en su justa medida no como ingenuidad superficial sino como distancia irónica, y creo que nuestros vídeos de campaña tiene mucho de esto. Y de algo más importante aún: sentido del humor. En una campaña tiene que haber tiempo para todo, dialogar constamente con la gente, trabajar en propuestas y soluciones, difundirlas, enriquecerlas, constrastarlas, confrontarlas con las de otras opciones... También -tan hartitos y hartitas que estamos de los rifirrafes bipartidistas- para reírnos de lo que se supone que 'tiene que ser una campaña'.

Eso queremos con estos vídeos, y a eso se han prestado a colaborar gente como Almudena Grandes. Sí, la escritora... ahora pluriempleada:

martes, 10 de abril de 2007

14 de abril, a mesa puesta

El próximo 14 de abril se conmemora la proclamación de la II República española. Para celebrarlo, IU Rivas celebra su cena anual. Yo no me la voy a perder, ni él, ni ella, ni este otro, ni aquél. Ni éste, claro. ¿Quién más se apunta? Os esperamos...

lunes, 9 de abril de 2007

Apadrina una palabra en vías de extinción

Hay palabras que apenas se usan. Y, con ellas, parece que va desapareciendo una huella del mundo, un pedazo de realidad que simplemente se borra porque -como dice el aforismo lacaniano- lo que no se nombra, no existe. Tampoco es que pase nada porque haya ciertas cosas que 'dejen de existir' cuando en la práctica, si no se nombran, hace tiempo que se extinguieron, pero no me digan que no da cierto escalofrío pensar en un montón de vocablos parados sobre una cinta transportadora que se precipita al vacío... al olvido... a los márgenes de los márgenes. A mí, por lo menos, sí que me da cierto repelús, puede que simple nostalgia de pascua y resurrección. El caso es que por eso me parece tan interesante la iniciativa que la Escuela de Escritores ha propuesto a través de internet: apadrinar una palabra en desuso.

Con la resaca del Congreso de las academias de lengua española a cuestas, la idea es que cada navegante que quiera participar vote por hasta cinco de las palabras propuestas (ordenadas en la web por orden alfabético) y, si lo desea, además, proponga su propia palabra a apadrinar. Ya sé que en estos tiempos que corren, con lo de Intervida llenando titulares, no da muy buena espina, pero ésta es precisamente una de esas cosas que nos reconcilian con nosotros y nosotras mismas. No hay dinero de por medio, además, sólo hay que dedicarle algunos minutejos a reflexionar y dejar volar la imaginación y el vocabulario.

Yo ya he apadrinado mi palabra: alongar. Sinónimo de alargar y de prolongar, 'alongar' sin embargo se me antoja una palabra más sensual, más cálida, como si la prolongación fuese más ligera y esbelta, más reconfortante. Alongar parece abrir una puerta para perdurar, para permanecer. Como si cualquier cosa pudiese ser estirada, prolongada, alargada..., pero sólo las cosas buenas pudieran ser alongadas.

sábado, 7 de abril de 2007

Pim, pam, Le Pen

Aún no me he bajado del avión de vuelta de París, como quien dice, y me entero por Romenauer (fantástico, siempre, su blog) de la actuación estelar de Le Pen en un debate sobre mujer organizado por la revista Elle (conocida, ¿no lo sabían ustedes?, por su compromiso con la causa feminista...) entre candidatos y candidatas a la Presidencia francesa. Allí estaba, claro, Jean Marie, a quien todos los sondeos vienen dando un cuarto lugar redondeando el 12% de intención de voto. No es que los sondeos en Francia estén muy bien vistos o tengan alguna credibilidad rigurosa, teniendo en cuenta el batacazo que supuso para los institutos de opinión el resultado de la primera vuelta de las últimas presidenciales, en 2002, cuando Le Pen pasó tan ricamente a la segunda vuelta. De hecho, según me comentaba el amigo que está allá de Erasmus y que me acogió en su buhardilla parisina (amigo estupendo y encantador, pero vago como él solo en su faceta de blogger), los institutos de opinión se han sacado ahora de la manga no sé qué receta aritmética para salvar el voto oculto de Le Pen y proyectarlo virtualmente en los resultados de sus sondeos. Errores no corrigen otros, pero de momento da el pego para todo analista político viviente, que empieza a mosquearse por la silenciosa, discreta pero imparable tendencia al alza del candidato ultraderechista.




Pues dice ahora Le Pen, ante un auditorio de estudiantes del Instituto de Ciencias Políticas de París (la 'fábrica de la élite política' de la igualitarista república francesa), que el mejor método anticonceptivo es la masturbación. Olé. Todo un avance respecto a la absoluta castidad que propugnan compañeros de otras esferas de su mismo espectro político (un saludo a Benedicto XVI), sin duda. Lo que supongo que el líder del Frente Nacional proclamó a modo de guiño cómplice a los y las jóvenes en estado de hormonación que le escuchaban se ha convertido en una anécdota de escarnio en su diario de campaña. Y es verdad que, más allá de la anécdota, el episodio no da para más. Esperemos que la descendencia de Le Pen utilice anticonceptivos del tipo que sea, masturbación incluida.

Sin embargo, el consejo del tótem del Frente Nacional no deja de sumarse a la fascinación que, como personaje, me produce este tipejo. Fascinación en un sentido nada admirativo, claro. Pero me parece un caso a estudiar. La etiqueta de ultraderechista la tiene otorgada desde las tribunas de la opinión pública desde que a finales de los 80 saltase a la pelea política con su discurso xenófobo y racista, pero en verdad él nunca se la ha otorgado. Le gusta enarbolar la bandera antisistema, ser la cara del descontento y el hastío a una clase política demasiado profesionalizada y pagada de sí misma. No importa que él mismo esté ya perfectamente inmerso en esa misma rutina (es candidato presidencial y 'político a tiempo completo' desde 1972), porque lo valioso de su discurso es la capacidad de repetirse hasta la saciedad desde una soberbia posición de árbitro moral. Y juega como nadie a una falsa equidistancia entre derecha e izquierda, sin disputarse el centro porque en su ideario el terreno político no tiene esos puntos cardinales: él está frente a todos esos elementos, como un guerrero resistente que los sufre al mismo nivel que el ciudadano medio que no se siente representado. Y desde esa rabia, desde ese sentimiento de humillación, tiene plena libertad para hacer cuantos juegos florales quiera: "Ecónicamente soy de derechas, socialmente soy de izquierdas, y nacionalmente, soy francés", ha repetido en varias ocasiones.

Esa frase resume perfectamente la capacidad heterodoxa de empatía con cierto hastío generalizado hacia la política. Su idea de Nación bebe claramente de los catecismos identitarios de toda extrema derecha, pero es lo suficientemente inteligente como para filtrarla, de un lado, por ese hastío generalizado y, de otro, por la noción misma de "ciudadanía". Claro que idea de "ciudadanía" de Le Pen está disvirtuada en el espejismo dialéctico de la "preferencia nacional" y el odio al extranjero, pero precisamente él sabe cuadrar el círculo y relacionar el sentimiento de nación con el código republicano de derechos, de vinculación a una comunidad fraternal, de interés general.

Nación, república y ciudadanía como los ángulos renovados de un triángulo cuyos lados se edifican de materiales que llegan a las vísceras, que tocan la fibra sensible y el corazón rabioso: propuestas digeridas y facilonas, que se sirven al electorado con extra de quesa, patatas fritas y refresco grande. 'Fast food' que quiere alimentar una sociedad del síntoma, una sociedad donde las ganas de comer pesen más que el hambre.

Asombrosa la estrategia, y de momento, cuando menos resultona. Ahí está Le Pen, sobreviviendo desde hace más de treinta añitos. Y muchos partidos y experimentos políticos de toda Europa se miran en el espejo de ese populismo que quiere encarnar la recuperación de la fe en la política y las soluciones por encima de las ideologías y siempre sujetas al interés general. En España hay quien nunca lo reconocerá pero está tomando nota del hacer de Le Pen: cierta derecha extrema que no se reconoce en el casposo legado franquista de banderas de aguiluchos, pero que revestida del halo de modernidad quiere apostar por el caballo fácil de la denuncia de corrupción generalizada del sistema político y de los grandes peligros que afectan al padre de familia medio (la inmigración por delante). Ese discurso fácil que hila "los puntos negros del sistema" en un solo pim, pam, pum.

Es un riesgo, pero también una lección y una oportunidad para quienes, detectando graves carencias y problemas estructurales de nuestro modelo democrático, económico y social, creemos que las cosas pueden ser de otra manera. Desde la izquierda no podemos evitar debates y retos abiertos en la sociedad en los que estos movimientos populistas hayan su caldo de cultivo sólo porque dichos movimientos nos causen "desprecio intelectual". Muy al contrario, es nuestra responsabilidad profundizar en un discurso a la altura de quienes van situándose en los márgenes del sistema por hastío o por la propia inercia de la exclusión. Un discuso de alternativa, no de pataleta. Creo que ese discurso, siempre perfectible, de alguna manera, lo tenemos. ¿Qué pasa, entonces?

La respuesta daría para otro post aún más largo. Pero basta por hoy. Y ya sabéis: no os dejéis turbar-más por los cantos de sirena de los Le Pen de turno.

lunes, 2 de abril de 2007

Desde París

Delega en mí don Ricardo la extrema responsabilidad de dar cobijo en esta humilde Corrala a quienes se acerquen en estos días místicos y de retiro espiritual a su blog, porque él, dice, se marcha de vacaciones (merecidas, que no digo yo que no) dejándolo todo perdidito de sangre. Caray, don Ricardo, no me traiga sed de sangre a mi casa virtual, y no me invite a soltarme con deseos de tortura varios porque ya sabemos cómo se las gastan los becarios de Libertad Digital. Pero qué pereza, Ricardo, no puedo permitir que me cargue usted con ese muermo/muerto.

Desde la cuna del republicanismo europeo, de los croasanes, del bidé y de 'Tengo una pregunta para usted', este París que me está abriendo un paréntesis laico también merecidísimo en estos días santos, me limito a darles la bienvenida a quienes vengan de Moscú y no conozcan mi rinconcito bloggero.

Y si se animan y atreven, suelten por esa boquita a modo de comentario su pronóstico de las Presidenciales francesas. Por aquí, a parte de muchos carteles en las calles y mucha saturación mediática cubriendo las campañas, no se tiene nada en claro...