jueves, 1 de febrero de 2007

Urbanismo atroz

Al leer esta mañana en El País que al cine Avenida, de la Gran Vía, le quedan dos telediarios, no he podido evitar un escalofrío. Donde ahora -y desde los años 40- hay un cine, dentro de poco tendremos una nueva macrotienda con el sello de El Corte Inglés, Inditex o el Grupo VIPS, mastodontes empresariales que se tienen tan creído el deseo de que Madrid está en venta que al final resulta que lo hacen realidad. La Concejala de Urbanismo de la capital, Pilar Martínez, se escuda en que es el Ministerio de Cultura el que debe hacer políticas que protejan a un sector cada vez más vulnerable, y no le falta razón, pero yo me pregunto, ¿qué tiene que ver el Ministerio de Cultura con la modificación del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Madrid de 2004, que desprotegió el uso "dotacional" de esa y otras salas similares?

Desde que Ruiz-Gallardón es Alcalde de Madrid -y no quiero decir con esto, ojo, que se eche de menos al inolvidable Álvarez del Manzano- han sido trece las salas de exhibición cinematográfica que han echado el cierre. Algunas han sido las voces que han criticado esta deriva, que en el caso concreto de la Gran Vía -cuyo nacimiento como eje estratégico de la planificación viaria de Madrid está estrechamente ligado a la implantación los hábitos cinéfilos y la exhibición de películas- desnaturaliza su propia identidad; esas voces críticas se aferran, en mi opinión demasiado, en la necesidad de hacer valer esa identidad tan ligada al cine. No seré yo -cinéfilo descarado, y castizo- quien oponga resistencia a esa defensa de la Gran Vía como gran cartelera madrileña, pero me parece que esta desaparición de salas de cine tiene un peligro primordial más acá y más allá del romanticismo y el misticismo que nos inspira la pasión por el celuloide. De hecho, en algún momento tendremos que empezar a asumir que las nuevas tecnologías favorecen formas de cine que, por nuevas, somos incapaces de traducir en hábitos futuros concretos, pero que transformarán -y ya están transformando- lo que hoy conocemos como producción, distribución y exhibición cinematográficas. Quienes sudamos y respiramos cine, lo seguiremos haciendo en la forma en que sea...

El problema de fondo no es que se cierren determinados "tipos" de sala asociados a una explotación tradicional del cine. La verdadera amenaza la plantea con mucha puntería el profesor de urbanismo José María Ezquiaga:
"El urbanismo tiene la obligación de velar por el equilibrio en las ciudades. La cultura y el ocio aportan vitalidad a las zonas urbanas"
Hay que proteger estos y otros espacios, y las actividades que desarrollan, para evitar que Madrid se convierta en una ciudad en la que sólo se puede circular en coche y comprar en sitios de contados dueños.
Urbanismo atroz no es sólo el que lleva cemento hasta el último rincón verde, o el que construye casas a millares sin equipamientos públicos, o el que deja el desarrollo urbano en manos de promotores privados sin escrúpulos. Urbanismo atroz es también el que, silenciosamente, actúa sobre espacios ya consolidados para desarticularlos, para poner nuestros usos y vivencias de los mismos al servicio de un estilo de vida individualista, consumista, de espaldas a la calle. Qué miedo.