jueves, 3 de mayo de 2007

Países

Alguna vez tenía que pasar: Arias Cañete y yo estamos de acuerdo en algo. Ambos compartimos una tremenda desazón, una duda existencial que nos parte el alma, y que tan bien queda retratada en esa cuestión retórica con que el ex ministro de Agricultura y poeta de la experiencia nos ha servido esta mañana el desayuno: "en qué país estamos".

El ahora secretario de Economía y Empleo del PP lanzaba la pregunta a las ondas de la Cope a modo de valoración política de la detención de Isabel Pantoja. Qué vergüenza, afirmaba Arias Cañete: en España se dejan en libertad a terroristas y se detienen a tonadilleras. Sí. Vuelvan a leerlo. No es broma. Lo ha dicho un dirigente del principal partido de la oposición. Esto es todo lo que tenía que decir sobre un caso paradigmático de corrupción que cuenta con una nueva presunta imputada.



Otro pepero de primera línea, el candidato de este partido a la Alcaldía de Bilbao, ha querido hacer su agosto de precampaña y competir en el concurso de churras y merinas contra velocidad y tocino que tan honrosamente descorchó Arias Cañete. Antonio Basagoiti -así se llama el alcaldable del PP para Bilbo- ha aconsejado a Isabel Pantoja que se presente a las elecciones de mayo "en las listas de ANV" porque los delitos "salen gratis" a la izquierda abertzale.


No sé, en efecto, en qué país estamos. Y reacciones como éstas sólo me llevan a resolver que, si algo puedo asegurar, es que este país no es el mismo que retratan en sus declaraciones los dirigentes del Partido Popular. No puede serlo. El suyo es un país virtual, en el que el esperpento se ha convertido en un arma siniestra. Vivimos en países distintos porque cada cosa que dicen trae de regalo un puñado de fronteras. Cuando estas fronteras son dialécticas, puro espejismo político, dan algún que otro escalofrío. El problema es que fronteras como las que han impuesto hoy Arias Cañete y Basagoiti son, más allá de la confrontación habitual de la opinión pública, brechas entre esta capa de la realidad y ésa otra en la que el horizonte es la montura de las gafas propias y éstas ni siquiera llevan cristales.

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