sábado, 7 de abril de 2007

Pim, pam, Le Pen

Aún no me he bajado del avión de vuelta de París, como quien dice, y me entero por Romenauer (fantástico, siempre, su blog) de la actuación estelar de Le Pen en un debate sobre mujer organizado por la revista Elle (conocida, ¿no lo sabían ustedes?, por su compromiso con la causa feminista...) entre candidatos y candidatas a la Presidencia francesa. Allí estaba, claro, Jean Marie, a quien todos los sondeos vienen dando un cuarto lugar redondeando el 12% de intención de voto. No es que los sondeos en Francia estén muy bien vistos o tengan alguna credibilidad rigurosa, teniendo en cuenta el batacazo que supuso para los institutos de opinión el resultado de la primera vuelta de las últimas presidenciales, en 2002, cuando Le Pen pasó tan ricamente a la segunda vuelta. De hecho, según me comentaba el amigo que está allá de Erasmus y que me acogió en su buhardilla parisina (amigo estupendo y encantador, pero vago como él solo en su faceta de blogger), los institutos de opinión se han sacado ahora de la manga no sé qué receta aritmética para salvar el voto oculto de Le Pen y proyectarlo virtualmente en los resultados de sus sondeos. Errores no corrigen otros, pero de momento da el pego para todo analista político viviente, que empieza a mosquearse por la silenciosa, discreta pero imparable tendencia al alza del candidato ultraderechista.




Pues dice ahora Le Pen, ante un auditorio de estudiantes del Instituto de Ciencias Políticas de París (la 'fábrica de la élite política' de la igualitarista república francesa), que el mejor método anticonceptivo es la masturbación. Olé. Todo un avance respecto a la absoluta castidad que propugnan compañeros de otras esferas de su mismo espectro político (un saludo a Benedicto XVI), sin duda. Lo que supongo que el líder del Frente Nacional proclamó a modo de guiño cómplice a los y las jóvenes en estado de hormonación que le escuchaban se ha convertido en una anécdota de escarnio en su diario de campaña. Y es verdad que, más allá de la anécdota, el episodio no da para más. Esperemos que la descendencia de Le Pen utilice anticonceptivos del tipo que sea, masturbación incluida.

Sin embargo, el consejo del tótem del Frente Nacional no deja de sumarse a la fascinación que, como personaje, me produce este tipejo. Fascinación en un sentido nada admirativo, claro. Pero me parece un caso a estudiar. La etiqueta de ultraderechista la tiene otorgada desde las tribunas de la opinión pública desde que a finales de los 80 saltase a la pelea política con su discurso xenófobo y racista, pero en verdad él nunca se la ha otorgado. Le gusta enarbolar la bandera antisistema, ser la cara del descontento y el hastío a una clase política demasiado profesionalizada y pagada de sí misma. No importa que él mismo esté ya perfectamente inmerso en esa misma rutina (es candidato presidencial y 'político a tiempo completo' desde 1972), porque lo valioso de su discurso es la capacidad de repetirse hasta la saciedad desde una soberbia posición de árbitro moral. Y juega como nadie a una falsa equidistancia entre derecha e izquierda, sin disputarse el centro porque en su ideario el terreno político no tiene esos puntos cardinales: él está frente a todos esos elementos, como un guerrero resistente que los sufre al mismo nivel que el ciudadano medio que no se siente representado. Y desde esa rabia, desde ese sentimiento de humillación, tiene plena libertad para hacer cuantos juegos florales quiera: "Ecónicamente soy de derechas, socialmente soy de izquierdas, y nacionalmente, soy francés", ha repetido en varias ocasiones.

Esa frase resume perfectamente la capacidad heterodoxa de empatía con cierto hastío generalizado hacia la política. Su idea de Nación bebe claramente de los catecismos identitarios de toda extrema derecha, pero es lo suficientemente inteligente como para filtrarla, de un lado, por ese hastío generalizado y, de otro, por la noción misma de "ciudadanía". Claro que idea de "ciudadanía" de Le Pen está disvirtuada en el espejismo dialéctico de la "preferencia nacional" y el odio al extranjero, pero precisamente él sabe cuadrar el círculo y relacionar el sentimiento de nación con el código republicano de derechos, de vinculación a una comunidad fraternal, de interés general.

Nación, república y ciudadanía como los ángulos renovados de un triángulo cuyos lados se edifican de materiales que llegan a las vísceras, que tocan la fibra sensible y el corazón rabioso: propuestas digeridas y facilonas, que se sirven al electorado con extra de quesa, patatas fritas y refresco grande. 'Fast food' que quiere alimentar una sociedad del síntoma, una sociedad donde las ganas de comer pesen más que el hambre.

Asombrosa la estrategia, y de momento, cuando menos resultona. Ahí está Le Pen, sobreviviendo desde hace más de treinta añitos. Y muchos partidos y experimentos políticos de toda Europa se miran en el espejo de ese populismo que quiere encarnar la recuperación de la fe en la política y las soluciones por encima de las ideologías y siempre sujetas al interés general. En España hay quien nunca lo reconocerá pero está tomando nota del hacer de Le Pen: cierta derecha extrema que no se reconoce en el casposo legado franquista de banderas de aguiluchos, pero que revestida del halo de modernidad quiere apostar por el caballo fácil de la denuncia de corrupción generalizada del sistema político y de los grandes peligros que afectan al padre de familia medio (la inmigración por delante). Ese discurso fácil que hila "los puntos negros del sistema" en un solo pim, pam, pum.

Es un riesgo, pero también una lección y una oportunidad para quienes, detectando graves carencias y problemas estructurales de nuestro modelo democrático, económico y social, creemos que las cosas pueden ser de otra manera. Desde la izquierda no podemos evitar debates y retos abiertos en la sociedad en los que estos movimientos populistas hayan su caldo de cultivo sólo porque dichos movimientos nos causen "desprecio intelectual". Muy al contrario, es nuestra responsabilidad profundizar en un discurso a la altura de quienes van situándose en los márgenes del sistema por hastío o por la propia inercia de la exclusión. Un discuso de alternativa, no de pataleta. Creo que ese discurso, siempre perfectible, de alguna manera, lo tenemos. ¿Qué pasa, entonces?

La respuesta daría para otro post aún más largo. Pero basta por hoy. Y ya sabéis: no os dejéis turbar-más por los cantos de sirena de los Le Pen de turno.

1 comentario:

Voluntad dijo...

¿Y no nos quedaremos ciegas después?. Qué cabrón, claro si va a ser que es eso lo que pretende, jejeje...Y esos sudores de la foto de que son, ¿del esfuerzo intelectual?.