lunes, 19 de junio de 2006

Gravedad


La pareja discute ante el cajero automático. No importa de qué. Ni siquiera a ellos les importa realmente. Sólo discuten. Tras debatir a gritos sobre cuál de los dos saca el dinero para pagar el cine, y no llegar a ningún acuerdo -esto es: cada uno decide sacar dinero de su respectiva cuenta-, ahora no logran aclarar cuál de los dos será el primero en hacer la operación. No se soportan. Y, sin embargo, soportan menos aún la idea de no tener con quién discutir. Por eso, les rebasa a partes iguales la rabia y la ilusión cuando, a cada uno de ellos, se le cruza en mente la próxima e inminente discusión -apoteósica- en la cola del cine, cuando esté en juego qué película ver. Así, hacen de cualquier cosa que comparten el más grave de los motivos.

En el mismo edifico cuyos bajos ocupa la oficina bancaria, tres plantas más arriba, un chaval repasa la lección. Mañana tiene examen de 'natu' y no termina de aclararse con la física. Se agobia. Acaba de cumplir doce años y lo ha celebrando estrenando miopía: no le gusta cómo le quedan las gafas. Tampoco le gusta esa nutrida presencia de suave vello que le ha salido entre los labios y la nariz; lo que será bigote es, hoy por hoy, una pelusa antiestética. Es consciente. Pero aún es un crío, ¿no? No sabe cómo decirle a su padre o a su madre que quiere quitarse eso de ahí, que quiere afeitarse por primera vez. Ellos, al igual que el resto del mundo adulto, fingen no enterarse del paso de la pubertad sobre su boca. Se agobia. Algún gracioso compañero de clase, en cambio, sí se ha dado cuenta, y le ha dejado escrita una nota en los márgenes de una página del libro de Ciencias Naturales... Intenta evitarla centrando su mirada en el recuadro que resume el tema 9: "La gravedad es la fuerza de atracción mutua que experimentan dos objetos con masa. Isaac Newton fue la primera persona que...". No puede. Los ojos se le escapan al margen: "Cuatroojos, macho, aféitate el mostacho". Se agobia.

En el sexto piso de este bloque, vive una mujer que hace mucho que no discute ni va al cine. Que no ha oído jamás hablar de Isaac Newton. Una mujer que ha aprendido a llorar en silencio, a hacerse la dormida, a levantarse despacio y silenciosa quince minutos antes que él para tener el café listo. Una mujer que aborrece el sexo y no consigue quitarse ese olor a coliflor de las manos. Una mujer que querría saber volar. Una mujer que acaba de prepararle la cena y ponerle la mesa, y abre la ventana y muerde el calor de esta tarde de microondas, y sube al aféizar y mira hacia abajo, y ve una pareja discutir en la puerta de la caja de ahorros, y grita en silencio, y salta, y no se arrepiente. Y cae.

En la tercera planta, sentado al escritorio ante la ventana, el nino que ya no es tan niño ve pasar hacia abajo un objeto con masa atraído hacia el suelo. Y abajo, junto a la pareja, se estampa el cuerpo en un sonido breve y preciso. Su discusión de discusiones se convierte en silencio.

De repente, todo es mucho menos grave y, a la vez, la gravedad lo es todo.

2 comentarios:

Rome dijo...

La gravedad es contundente

éDix dijo...

Preciso, perfecto. Un texto redondo, cargado de emociones.