lunes, 10 de abril de 2006

Miradas 'kitsch'

(Desde Berlín)

Hay momentos en que nos sumergimos en universos de lo más ‘kitsch’ por el camino de lo entrañable, como manejando un código donde lo extemporáneo, lo excéntrico, tiene por sorpresa una gramática confortable. Sucede, por ejemplo, cuando visitamos la casa del pueblo o el piso de los abuelos cerrado a cal y canto: escenarios decorados con todo aquello que tuvo su instante de gloria en un pasado que ahora nos parece ajeno, incluso casposo, pero –vete tú a saber por qué- irresistible, seductor, cómodo, seguro.

Berlín tiene en algo de esto su encanto infinito, en según qué calles y rincones: el tramo aún vivo del Muro, la torre de la televisión que preside Alexanderplatz o el Palacio de la República (en pleno desmontaje: qué pena, qué vergüenza) son ejemplos perfectos de esto. También el mercadillo dominguero (uno de tantos) donde estuvimos ayer por la tarde, un auténtico cementerio de objetos de segunda mano venidos directamente de los setenta. Lámparas con pantallas de estampados imposibles, sillones de escai, relojes parados hace mucho más que horas... Y (tachán-tachán) ¡gafas! Y claro, haciendo el ganso con Bea y Laura, en medio de ese ambiente retro y con aquel muestrario de fetiches, se dieron todos los ingredientes para entregarme a una de las tontunas más tontas que más me divierten: probarme monturas de gafas sin ningún criterio.

A la izquierda, Bea con unas gafas de sol con las que parecía la amante secreta del Capitán América; en el centro, yo mismo, con unas monturas de gafas que ya eran antiguas cuando Woody Allen daba sus primeros pinitos; y a la derecha, Laura, recordando que ‘Un, dos, tres’ ha marcado la vida de varias generaciones...

Encuadrar la mirada con unas gafas rarísimas, quitarte estas y probarte aquéllas, arquear las cejas y poner mirada de miope que se hace el interesante, pasar de la montura fina a la pasta contundente, de las que no tienen cristales a las que los llevan tintados, sin graduación o con dioptrías incalculables. Una metáfora perfecta de las muchas formas en que podemos mirar nuestro reflejo en un diminuto espejo y, más allá, el mundo en general. O simplemente un divertimento absurdo. Qué más da. Sólo por el ratito que pasamos y por esta foto que da fe de ello ha merecido la pena.

4 comentarios:

Lei dijo...

Me alegro de que tu miopía sea de esas que se tratan con risas

Anónimo dijo...

Ay, ay, ay! qué envidia: Berlín, rastrillos kirtchs, casas de pueblo, desvanes portadores de viajes en el tiempo... pero sobre todo gafas y otra vez Berlín y rastrillos cachondos. Y yo mientras aquí con las gafas estas que llevo todo los días que no tienen ni glamour ni nada, y en Madrid... Ay, ay, ay, ay! Me consuela pensar no sólo que llevo a veces llevo lentillas, sino que que mañana estaré en Asturias tirada en un prao comiendo cabrales y bebiendo sidra, que es lo suyo, sino ¿pa'qué vas a Asturias?...con abuela desconocida con una casa desconocida... ¡yupi!... ¿habrá desván?¿Y gafas?¿y rastrillos con lámparas con estampados irrepetibles?...lalala...

Por cierto, estáis divinos y espero que os agenciárais las gafas y no sólo las utilizárais para la foto...

Besines

Carmen dijo...

Currín, que no he sabido poner que soy Carmen, tu hermanita...

Besines

insecto dijo...

viva el fetichismo y lo retro!