domingo, 19 de febrero de 2006

Viajar solo (II): Un mundo recién pintado


A Montserrat Cano, una de las mejores escritoras que he leído jamás y a la que tengo el honor de contar como profesora del Taller de Literatura (qué tiempos). Rescato este doble ejercicio ahora en este 'post' y el inmediatamente anterior. Es igual el orden en que se lean... no altera el producto... Porque la realidad a veces anuda vivencias sin que podamos llegar a saberlo nunca, y la literatura sirve para contarlo...


Lo he vuelto a ver. Ha cogido un vuelo a Palma de Mallorca, el último en que he tenido que recoger tarjetas. Nuestras miradas se han vuelto a cruzar. Cada vez que me ve pone la misma expresión de grata sorpresa, no sé si porque es consciente del reencuentro o porque no recuerda haberme visto antes y le causo una buena primera impresión. Muy mala memoria tendría: es la sexta vez en trece meses que toma un avión y me dedica esa sonrisa tan especial.

Es un hombre normal, casi atractivo. Como las otras veces, no llevaba compañía de ningún tipo. Encarni, siempre tan agradable, se refiere a él despectivamente como “uno de esos que viajan solos”. Dice que debe de tener una novia en cada (aero)puerto y que por eso una vez va a Santiago, y la siguiente a Lisboa, y la próxima a Palma. Si así fuese, la verdad, no me importaría ser la chica de Madrid-Barajas.

Pero no, no creo que sea el caso. Seguramente viaje por motivos de trabajo. A lo mejor es comercial de alguna empresa, o escribe crónicas para una revista de viajes. O a lo mejor tiene tiempo y dinero y viaja por placer. No, tampoco debe de ser eso: tiene un aire tristón que no tendría nadie que viajase tanto por puro placer. O sí, quién sabe: quizás está triste porque viaja solo. O lo mismo no está triste y simplemente tiene la cara así, no sé, de nacimiento.

Cuando he visto despegar su avión, atravesando las primeras luces del día, cuando he sabido que las nubes le abrían paso y el mundo parecía recién pintado, he tenido un puntito súbito de infelicidad. ¿Y si se cae el avión y muere en una terrible tragedia? ¿Y si en Palma conoce a otra azafata de tierra y se queda allí con ella? ¿Y si, en caso de volver a Madrid, no vuelve a coger un avión en su vida? ¿Y si vuelve a coger un avión pero el vuelo no coincide con mi turno?

Dios mío, ¿por qué no será todo más sencillo? Mi abuela dice que siempre hay un roto para un descosido. Y, joder, no puede estar más claro: él es un hombre que viaja solo y yo, una mujer sola que nunca viaja...

La próxima vez que lo vea, si hay próxima vez y he sobrevivido a la espera, le sonreiré más que nunca. No me atreveré a decirle nada en especial, no tiene sentido; sería absurdo, estaría completamente fuera de lugar. Él creería que estoy como una cabra si de mi boca saliese algo así como “te he echado de menos”.

Sin embargo, le miraré fijamente a los ojos y, buscando un refugio de intimidad entre tanto desorden de gente y destinos, mi mirada le dará las gracias por volar con Iberia. Por volar conmigo.

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