martes, 21 de febrero de 2006

Dialéctica


El profesor despliega sus vastos conocimientos en oferta ante la clase, como si de un ‘top manta’ de sabiduría se tratase. Todo un privilegio para sus oyentes. Estamos que lo tiramos, estamos que lo regalamos. Con cierto tono afable y distendido, consigue hacer que su soberbio viaje de vuelta de todo sea más o menos llevadero. Pero todo tiene un límite.

Una chica, desde los pupitres, sugiere que quizás esa forma de dirigirse a la audiencia es un poco intimidatoria. Con voz suave, serena, la chica (el pelo rojizo rijado soplando calma al aire) medita sobre la costumbre generalizada (y particularizada, en este caso, en el profesor) de creerse en posesión de una Verdad más intimidatoria aún.

Él frunce el ceño, y responde con una prolongación de sus divagaciones... Consigue llevar la conversación, una vez más, a su terreno. Es difícil ahora seguir sus razonamientos en voz alta, pero termina acusando a la alumna de “relativista”. Le dice:

-Si tú eres relativista, siempre tendrás todas las de perder frente a quien no lo es.

Y ella...


-Depende.

Nota: ésta es una situación rescatada de la realidad de una clase de
Historia de la Comunicación Social de hoy mismo.

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